jueves, 2 de mayo de 2013 0 comentarios

Extinguiendo recuerdos


Relato ganador del Primer 
Concurso Juvenil Relato 
Corto LosLibrosdeBastian

El primer y el último miércoles de cada mes ocurría algo extraordinario. A las dos de la madrugada, un tren con origen San Petersburgo entraba en la estación de Koltsevaya en un andén aleatorio y descendían tan solo unas pocas personas que preferían el horario nocturno fuera por el motivo que fuera. Entre ellos se encontraba él. Con el tiempo había averiguado que trabajaba en una relojería importantísima del centro de San Petersburgo, mientras su amada aguardaba con paciencia en Moscú. Las despedidas no me gustan en absoluto, por eso pasaba por alto el primer y el último sábado de cada mes cuando él se marchaba de nuevo para ir tan solo los miércoles. La chica morena con rasgos siberianos y el relojero se encontraban en la mitad del pasillo. Cuando se abrazaban era como si desataran una retahíla de recuerdos que no tenían ni principio ni final. Entonces él sacaba de la maleta negra de charol que acarreaba una bolsita de tela y se la entregaba a su chica, que resultaba ser el envoltorio de una antigualla con agujas que seguramente nadie debía querer ya. Algún día hice los cálculos y llegué a la conclusión de que ella tendría al menos tres decenas de relojes viejos. Cuando llevaba dos meses despertándome a la una de la madrugada para ir a ver a aquellos extravagantes amantes, empecé a preguntarme por qué lo hacía. Se me ocurrieron un montón de cosas, pero creo que la más acertada era que me gustaba contemplar aquella escena desde la lejanía porque me parecía un fragmento de una película. La escenografía era maravillosa: las arañas grandes y doradas del techo iluminaban con suficiencia el túnel subterráneo, que con sus grandes cuadros de pintores casi anónimos y marcos barrocos tardíos, acompañaban al transeúnte hasta la salida. Los personajes principales eran tan reales como yo misma y la historia estaba tejida con hilos de sobrecogedor apego. Más adelante vine acompañada. Llevaba mi Leica X2 colgada del cuello y como era la cámara más pequeña y por ende discreta que tenía, pude sacar tantas fotografías como quise escondida detrás de una de las columnas.

Lo que jamás se me hubiera ocurrido era que mi rutina se resquebrajase de un día para otro. Aquella noche lluviosa de abril sorprendí a la alarma de mi despertador con una sonrisa. En tan solo media hora estaba en la boca de la estación, echando aquella ficha más parecida a una moneda que a otra cosa y descendí por las escaleras mecánicas hasta las galerías. Eran todavía las dos menos cuarto cuando me escondí bajo uno de los puentes del largo pasillo y esperé con paciencia, ajustando la obertura del diafragma, la velocidad de  obturación, la saturación y el contraste. No olvidé el modo blanco y negro que hacía las fotografías más mías. Miré mi reloj justo cuando el tren encajaba en el andén. Respiré hondo. Mi corazón latía con más fuerza y velocidad. Mis pupilas se dilataron ligeramente, las vi reflejadas en la lente de la cámara. Mis latidos se fueron haciendo más rítmicos conforme pasaba el tiempo. Las puertas del tren emitieron un sonido ensordecedor que me hizo cerrar los ojos por unos instantes y cuando los volví a abrir, una manada de gente se dirigía al final del corredor. Mi mirada descansó en todos esos hombres y mujeres que daban pasos agigantados en algo parecido a una carrera por llegar a la salida. Sus cuerpos se aglomeraban con violencia, hasta que finalmente se desatascaron y la estación volvió a vaciarse por completo. Cuando volví a mirar el reloj eran las tres de la madrugada y todavía no había rastro ni de ella ni de él. La desilusión que sentí en aquel momento era equiparable a un globo que se deshincha con el barrido del segundero sobre el dial del reloj. Me dejé caer, arrastrándome por la pared hasta que mi trasero entró en contacto con el mármol frío del suelo a través de los tejanos. Noté cómo las cuencas de mis ojos se anegaban de lágrimas que quería dejar salir al exterior, lo juro, pero no se escapó ni una. Un sollozo huyó de mis labios sin permiso y traté de acallar el desengaño que susurraba mentiras de forma incesante en mi cabeza. Me cubrí el rostro con el pelo de color rojo fuego al igual que el telón de un escenario y aguardé como si me quedara por delante todo el tiempo del mundo. Mis manos se iban agarrotando con el frío, la temperatura exterior debía ser inferior a los cero grados. Sentía los músculos entumecidos por el mismo motivo y creo recordar que jugué con la idea de volver a mi hogar, pero no sé por qué acabé decidiendo que lo mejor era permanecer en aquel abúlico lugar disfrazado con una máscara de indiferencia.

Durante horas estuve encogida detrás de esa columna alabastrina, preguntándome por qué me sentía así y cómo una ilusión creada de recortes de la vida de personas ajenas tenía la fuerza suficiente para hacer que mi mundo girase en la dirección contraria.    
domingo, 17 de marzo de 2013 0 comentarios

Tú. 
Sí, tú. 
Tú que escuchas vuestras canciones, 
como si con ellas pudieras recuperar el tiempo perdido. 
Con cada acorde se desprende un recuerdo, 
con cada nota una palabra. 

Una lágrima derramada se traduce en un  "te quiero"; 
dos en un "te amo". 
Cierras los ojos, pretendiendo olvidar. 
Pero te dejas un pequeño detalle: 
no puedes. 

Aquellos momentos están clavados dentro de ti, 
y además queman. 
Dicen que con el tiempo el dolor disminuirá. 
Yo no no lo creo. 

Y sin embargo sigues ahí, 
ahogado en el silencio, 
consumido por el miedo, 
atormentado a jornada completa. 

Dices que puedes, 
pero mueres en tus promesas 
y desistes en tus sueños,
rechazando un oasis
de posibles quimeras.
jueves, 14 de febrero de 2013 1 comentarios

Abismo


En el ambiente se respiraba una curiosa mezcla de aromas y fragancias. Antía miraba a todas las personas que estaban de pie en la plataforma del tren con exagerado interés. Le gustaba fijarse en sus rasgos, en su forma de vestir y en sus manías, para luego construir una historia cuyo objetivo era averiguar de dónde venían y hacia dónde iban.

Su mirada descansó en un hombre alto y trajeado que estaba apoyado en las puertas del vagón. Vestía una sonrisa, pero era especial: no parecía fingida. La ausencia de pelo y su corbata turquesa con soles estampados le daban un aspecto inocente e inofensivo. Antía sonrió, sintiéndose abrumada y contagiada por la excesiva felicidad que irradiaba el tipo.

Todavía con aquella alegría impregnada, miró la figura estilizada de la derecha de una mujer joven que mascaba chicle ruidosamente mientras miraba su teléfono móvil embelesada. Antía se preguntó si el brillo de su rostro era culpa del maquillaje o del reflejo de la pantalla del aparato. Alguna otra vez se había preguntado si esos instrumentos –que ella todavía no poseía y según creía, era algo bueno– escondían grandes secretos que obligaran a sus dueños estar ajenos al resto del mundo.

Casi disgustada con todo cuanto la rodeaba, miró a su izquierda. Había una chica más o menos de la edad de Antía, y ella la observó con cautela, pensando que la luz la trataba de forma diferente. Se fijó en su pelo liso y en sus ojos bonitos, y también reparó en que agarraba con fuerza la muñeca de su padre, confiándole su protección. Por algún motivo que desconocía, la invadió una corriente de ternura. Acarició la idea de dejarle un sitio a su lado –dado que disfrutaba del privilegio de poder apoyarse en el cristal de la plataforma–, pero quedaría demasiado extraño. En vez de eso, siguió mirándola, intentando alcanzar su esencia para después poder plasmarlo en alguno de los escritos que, según ella, echaban a perder su cuaderno de colores. Fue cuando la chica de pelo liso y ojos bonitos abrió la boca para hablar que Antía se puso alerta: notó cómo unas pocas palabras inseguras se fugaban de sus labios, confesándole que debía tener algún tipo de problema cognitivo o relacionado con el habla. Era un ser frágil enmascarado en su hermosa apariencia.   

Continuó contemplándola, con más discreción por si se molestaba, porque eso tiraría por la borda todo lo que le estaba transmitiendo. En su cabeza se mecía una sensación que llevaba varios minutos tratando de acallar, pero ahora le resultaba casi imposible, era un zumbido ensordecedor que no cesaba. Lo siguiente fue un retortijón en el estómago, que fue sustituido poco después por algo borroso. De pronto todo empezaba a verse negro, como si sobre sus pupilas hubiera una cortina no muy tupida pero sí molesta, privándole de su sentido más preciado.

El mareo estaba empezando a cernirse sobre ella. Se retorció un poco en el diminuto espacio del que disponía y comenzó a sentir un calor asfixiante. Decidió que se bajaría en la siguiente estación, aunque todavía quedaran tres o cuatro hasta su instituto. El trayecto entre paradas se le hizo más eterno que nunca, y cuando se abrieron las puertas, tomó la mochila y se abrió paso entre la gente, anhelando un poco de aire fresco.

Sus pasos eran pesados y con cada uno de ellos notaba una especie de latido en su mente. Respiró hondo al percibir el aire helado golpeando su piel y sintió un par de arcadas que se asomaban por su garganta. Trató de dejarlas en tan solo eso, arcadas, y anduvo como pudo hasta un solitario banco metálico donde los pasajeros debían esperar a la llegada del tren. Estudió el lugar durante unos instantes, cerciorándose de que estaba sola en aquella estación abandonada. Una vez hubo tomado asiento, echó la cabeza hacia atrás, sintiendo el frío de dicho banco en la piel de su nuca e inhaló profundamente. Un tren pasó sin parar siquiera por la vía de enfrente, trayendo consigo una fuerte ráfaga de viento que Antía recibió como un agradable regalo.

Su conciencia vagaba por distintos pensamientos que habían hecho mella en ella durante los últimos años, deshaciéndolos en simples retales y convirtiéndolos en un tapiz de recuerdos inconexos. Poco después, una historia sublime: un dragón que nacía en sus párpados y vagaba sin rumbo en su particular oscuridad. Un montón de topos blancos decoraban la noche de sus ojos en forma de estrellitas, devolviéndole la calidez que aquel sentimiento le había arrebatado.

Exhaló todo el aire que había estado conteniendo durante esos escasos segundos que para Antía podían haber sido horas. Para cualquier persona que lo estuviera viendo desde fuera –si es que había alguien más en aquella desolada parada– no se trataba de nada extraño, solo era una chica rubia que parecía presa de una intensa resaca. Cuán equivocados podrían llegar a estar.

Por su parte, Antía seguía sosteniendo su falsa realidad, todo esto habiendo olvidado que había cogido un tren, que estaba a punto de desmayarse y que en unos diez minutos daría comienzo su clase de literatura universal. Sus fantasías la llevaron al borde de un precipicio que parecía ser el inicio del fin. Consideró que era un gran abismo. Aunque nada comparado con el auténtico abismo que encontraría cuando abriera los ojos exactamente cinco segundos más tarde para enfrentarse al mismísimo tártaro.

***

Sus músculos se tensaron como la cuerda de un arco a punto de lanzar una flecha. Notó algunas cenizas que volaban libres por el aire. Un periódico se quedó atrapado entre sus mocasines. Habían pasado ya dos noches desde que había puesto los pies en la estación y no dejaba de preguntarse qué habría ocurrido si no hubiera bajado de aquel vagón de tren. El pelo de Antía estaba enmarañado y manchado de las gotas de sangre que derramaban puntualmente sus oídos en protesta de un pitido que no había dejado de sonar en más de cuarenta y ocho horas. Al principio se limpiaba aquel líquido escarlata con el borde de la camisa en cuanto lo notaba resbalar por su piel, pero lo dejó correr porque eso ocurría muy a menudo.
Si todavía seguía viva era por la lluvia que insistía en cuanto la luna –siempre llena, añadiría– aparecía en medio de la noche. Sabía a óxido, pero era lo único que tenía. Su estómago se estaba encogiendo por la ausencia de comida y en más de una ocasión había querido saber cuánto tiempo más aguantaría en esas condiciones.

Andaba por la vía del tren, a un lado un campamento improvisado y al otro un precipicio del que en todo momento se había mantenido alejada, porque por entonces lo que más valoraba era su vida, cuya llama estaba apagándose con cada minuto que pasaba. Miró una vez más y tragó saliva, carraspeó y trató de decir algo, pero de sus labios tan solo salía un sollozo. Se había prometido unas horas antes que no dejaría que sus ojos derramaran una mísera lágrima, así que se contuvo.

Por primera vez se acercó al abismo con mucho cuidado. Sus pasos parecían estar manejados igual que los de una marioneta de madera, apenas tenía fuerzas para respirar, todavía menos para andar. Se sentó en el borde, pero no miró abajo. Delante de ella, por eso, no había nada más que el cielo azul, más oscuro de lo normal. La verdad es que hacía ya tiempo que ningún pensamiento estorbaba su mente, solo actuaba guiándose por sus instintos y buscando serenidad dentro de lo posible. Movió los pies igual que hacía de pequeña cuando chapoteaba en la piscina, todavía mirando el cielo y esperando encontrar aunque fuera un pájaro perdido sobrevolando la nada. Hizo un movimiento más fuerte con los pies y se dejó caer al vacío.

Por culpa de algunas películas y unos pocos libros, Antía siempre había creído que cuando alguien estaba a punto de morir, veía las diapositivas más importantes de su vida. Sin embargo, fue totalmente diferente en su caso, porque se acordó de todas las personas que habían llamado su atención en los diez años que llevaba viajando sola en tren. Solo en ese momento supo con certeza que la vida del planeta se estaba consumiendo.  
domingo, 30 de diciembre de 2012 0 comentarios

Florencia, 1488

Enrollaba un mechón de su cabellera morena en el dedo, creando ondas que enmarcaban su cara con una dulzura infinita. Aquella tela de seda roja que tapaba una parte de su abdomen no tenía como objetivo otro que inventar una concepción distinta del arte que hasta entonces estaba de moda. Inventaba un contraste curioso con la piel blanca de la chica, casi marmórea. Estaba estirada cómodamente sobre una chaise longue, mostrando sus cualidades. Eran tales que el artista a duras penas se concentraba únicamente en el lienzo, mirando de soslayo a la modelo y a su sonrisa tímida. El chico, que no alcanzaba la veintena, imaginaba sus curvas y las esbozaba en la tela blanca que parecía pedirle a gritos un trazo más. Plasmaba la suavidad de su piel, la delicadeza de su rostro y la exquisitez de sus curvas. Pero sobre todo, plasmaba la belleza. 

El virtuoso intentaba por todos los medios evitar la mirada cautivadora y casi estremecedora de la extranjera, cuyo nombre era todavía una incógnita. Ella accedería a dárselo siempre y cuando él la retratara con la mayor verosimilitud posible. Claro que bajo el punto de vista del joven, era imposible cualquier idealización porque ella ya era una diosa. 

La que posaba intentaba no moverse, pero la pasividad no era precisamente uno de sus fuertes. Así empezó a entonar una dulce melodía, que terminó por hechizar al por entonces pintor. Dejó la paleta de colores apoyada en el caballete y se fijó en la chica sin reparo. Y ella, viendo que había decidido hacer un punto y seguido a su trabajo, sonrió nuevamente y con su voz melodiosa, le hizo una pregunta. 

 —Dime, ¿cuántos años tienes? 

Él vaciló unos segundos, acariciando la idea de engañarla. Pero si su inteligencia estaba al nivel de su belleza, le atraparía. 

 —Dieciséis, signorina

Ella asintió, satisfecha con su respuesta y ladeó la cabeza, dejando al descubierto la piel de su cuello. El chico descansó la mirada en la signorina, que estaba dispuesta a averiguar un poco más de él. 

—Ya tienes mecenas —afirmó, aunque sin estar del todo segura. 

El joven dejó ir una risa casi irónica, aunque respetuosa en todo momento. 

 —No, signorina, todavía soy un aprendiz. 

Él no dijo nada más, y ella tampoco, pero con una mirada algo más dura y cortante, le hizo entender que el recreo ya había terminado, logrando que se ruborizara y volviera al lienzo. 

Unos minutos más tarde dejó el pincel sobre el caballete y con una gran sonrisa grabada en el rostro, se puso en pie. 

—Terminado, signorina

Para su sorpresa, no contestó, le indicó con un gesto en los dedos que se acercara. Luego palpó los cojines del chaise longue para que tomara asiento a su lado. El artista, embelesado, seguía todas y cada una de sus órdenes. 

—Laini, así me llamo —dijo ella por fin. 
—Laini… es un nombre verdaderamente precioso, signorina —comentó Miguel Ángel, tomando su mano lentamente y besando el dorso. 

Persephone, o quizás sería más correcto decir Laini, se incorporó con exceso cuidado y buscó los labios del chico, depositando en ellos un beso que sería, ni más ni menos, que la puerta que jamás lograría cerrar.
lunes, 10 de diciembre de 2012 0 comentarios

Era de esas


Era de las chicas que esperaba a que pasaran todos los coches antes de cruzar el paso de cebra. Era de las chicas que, si andaba por la calle y oía el ladrido de un perro detrás de la valla de una de las casas, cambiaba de acera con una mueca de ofensa. Era de las chicas que solía mirar al techo porque creía muchas veces era más bonito que lo que estaba a simple vista. Era de las chicas que pegaba el dedo al cristal de la pecera para ver si los peces lograban seguirlo. Era de las chicas que se quedaba embobada frente a la chimenea contemplando fascinada la danza de las llamas.  Era de las chicas que se ponía mil capas de ropa en invierno. Era de las chicas que desbloqueaba la pantalla del móvil y a los pocos segundos olvidaba qué hora era. Era de las chicas que se quedaba dormida pensando en algo bonito y escuchando el tictac del reloj. Era de las chicas que necesitaba estrellas fluorescentes en la habitación que iluminaran la oscuridad de la noche. Era de esas chicas, era de ese tipo, pero a la vez era la única.  
miércoles, 31 de octubre de 2012 0 comentarios

¿Qué decirte? Que te echo de menos

¿Qué decirte? 
Que te echo de menos. 
Puede que tú ni siquiera recuerdes quién soy, 
pero formaste parte de mi vida. 
Te convertiste en la piedra angular de mis días, 
en el ladrón de mi corazón. 
Llegaste sin avisar y te fuiste del mismo modo. 
Te perdí una y otra vez, 
pero siempre terminaba cayendo rendida 
ante tus trucos de ilusionismo y escapismo. 
Ni siquiera sé quién eres, 
ni tú sabes quién soy. 
Sólo somos dos personas más en este mundo, 
separadas por cientos de kilómetros 
y millones de obstáculos. 

Ahora por fin sé que no volverás, 
pero también sé que el tiempo se escapaba de mis manos
cuando te sentía a mi lado, 
y eso no fue en vano. 
Recuerdo leer tu sonrisa,
sé que hay algo de todo esto,
aunque sea una ínfima parte
que es real. 

Tu nombre empieza por eme, 
y el mío empieza por efe.  
Sé que me quisiste, 
sabes que te quiero. 
miércoles, 17 de octubre de 2012 0 comentarios

Falsas apariencias

Me lo jugaba todo. Tragué saliva. Mis manos sudaban. Aquella hoja en blanco era lo que me haría perder otro año... o aprovecharlo. Sentía el corazón bombear sangre a una velocidad vertiginosa, haciendo que golpeara mi pecho de forma casi agresiva. La habitación dormía en una penumbra parcial, los fluorescentes que colgaban del techo parpadeaban como si tuvieran vida propia. Cogí mi bolígrafo, que resbalaba entre mis dedos y anoté mi nombre en la parte superior derecha de la hoja. Bien. A mi alrededor oía un murmullo. Todos aquellos que habían preferido dejarle el trabajo a la suerte. Si el vigilante levantaba la vista del libro que le mantenía sumido en su historia, se encontraría con más de la mitad de la clase copiando. Carraspeé nervioso. Traté de concentrarme en la pregunta, la única pregunta. Empecé a escribir, pero mi mano pesaba. Mi pésima caligrafía parecía la de un niño de parvulario. En realidad no tardé mucho tiempo, sólo unos intensos diez minutos que me bastaron para llenar la hoja por ambas caras. Después lo revisé, releyendo lo que yo mismo había escrito. Exhalé todo el aire que había estado conteniendo desde que el examen había dado comienzo y aproveché para mirar a los lados. Un amigo estaba sacando su teléfono móvil. Detrás de él, otra chica descubría parte de sus piernas cuya piel estaba llena de esbozos. Sin quererlo y apenas siendo consciente, me sentí traicionado. Si yo me quedaba ahí un año más, sería por ser honesto. Honestidad, la palabra que me habían enseñado de pequeño y el valor que tanto me había costado mantener. Mi mirada descansó en la cabellera morena de la chica de delante. Su brazo dejó de moverse, supuse que porque había dejado de escribir. Entonces hizo algo que no esperaba, bajó su mano hasta dejarla reposar en su regazo. No, tú no... resonó en mi cabeza. Pero sí, lo iba a hacer. Estaba a punto de sacar la llave que le abriría la puerta a lo que había fuera. Ella tenía la respuesta, yo no. Las barreras mentales que había establecido con respecto a lo que sentía por ella acababan de derrumbarse por completo. Jamás lo habría esperado. Enterré el rostro entre mis manos, suspirando. La única persona a la que respetaba ya no merecía nada mío. Volví a mirarla. Introdujo la mano izquierda en el bolsillo de su pantalón negro. Acaricié la idea de no querer verlo, ¿pero ya qué más daba? Bueno, luego la sacó. Y lo que había en sus manos no era un papel con la respuesta. No era la llave que abría la puerta. Sólo era un pañuelo. Un pañuelo que llevó a su rostro para limpiar las lágrimas de ansiedad que la estaba consumiendo tanto como a mí. 
 
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